Abrazo con la gloria

En esta sección les presentaremos una serie de escritos que reflejan la pasión por Boca Juniors. En esta entrega, los 80 años de La Bombonera.

14 de junio del 2000

En Villa María está frío. Después del partido de la final en la ida, parece que la temperatura bajó aún más. No hablo, no digo nada.

¿Tengo la boca congelada? No. Experimento por primera vez nervios internacionales inentendibles e inmanejables.


Estamos en la casa de Darío quien es el carnicero del barrio y amigo de mi viejo desde adolescentes. Se ríe como cuando atiende y tira chistes. Rubén, mi papá, parece no preocuparse. No logro detectar si es estrategia para que no esté más nervioso, o porque sabe de definiciones coperas. Con Gastón -hijo de Darío- somos chicos pero con ansiedades de adultos. Yo no cumplí los doce aún. Me preocupa la noche que se viene sin dormir y la mañana en el colegio sin dejar de aguantar cargadas.

Ese 2 a 2 tenía sabor a poco. A casi nada después de tanto andar y para peor, sabiendo que definíamos en Brasil. El Palmeiras estaba dulce y encima no parecía haberle pesado jugar en La Bombonera.

Estábamos como cansados, como si en en los gritos enloquecidos del Vasco, se hubiesen ido las fuerzas. Pero por algo Boca es Boca…

El camino previo

Cuando empezó la Copa Libertadores 2000, estábamos en la colonia de vacaciones de Villa del Dique y sin TV. Perder en la altura contra el Blooming es triste. Mucho más si lo escuchas con la radio, y justó en una noche de tormenta logrando que se cortara la luz. Mi viejo parecía más preocupado por tomar un fernet. Con el tiempo entendí lo importante de un fernet en ciertos momentos, pero no aprendí a disimular malestar. Jamás pude dejar de ver un partido, por más que estuviese de vacaciones.

Pero en ese momento, donde sólo se escuchaba el grito de gol de los de celeste, no lograba entender si era otra estrategia de mi papá o resignación ante las últimas actuaciones internacionales. Ni hablar de la Libertadores, donde la última participación había sido pésima, seis años antes.

Boca parecía perder más que un partido y no sólo por las expulsiones de Traverso y Pereda

El segundo partido, empezaba mal frente a la “U” Católica.  A los cuatro minutos se lesionaba La Paglia y entraba el “9”. Pero no, no era Palermo, era Omar Pérez que usaba ese número en la fase de grupos…

A los 35 minutos del primer tiempo, el primer gol de esa Copa. Lo convertiría uno de los goleadores del equipo de esa edición, en la que se recibiría insospechadamente de ídolo: hablo del “Chipi” Barijho. Guillermo Barros Schelotto aumentaría de penal. Ante el 2 a 1 final, el “Vasco” Arruabarrena contaba que la fórmula podría ser meter dos goles y ser sólidos en la defensa.

Los goles no llegaron ni a favor ni en contra, frente a Peñarol en Uruguay. Pero sí cuando Boca los enfrentó en La Bombonera, en el último partido de la fase, para ganarles 3 a 1, llegar a 13 puntos y clasificarse primeros del grupo. Esa noche aparecería un nombre que empezaría a ser muy importante tanto en la red como en el juego: Julio Marchant. Esa noche además, gritaríamos el empate del “Vasco”, en su primer gol de los varios de esa copa y otro del Chipi. Pero además veríamos en acción a Juan Román Riquelme, artífice de varios de los festejos de en ese Grupo 2.

Pero antes de ese cierre de local, se habían jugado dos partidos vitales para aspirar a algo: Contra Blooming pero en casa y con los “cruzados”, pero en Chile. En el 6 a 1 a los bolivianos el reemplazo de Palermo la rompió, mientras él se recuperaba después de romperse. Alfredo Moreno metió cinco goles, en lo que fue récord tantísimo tiempo. (Tantos lo marearon, le tuvo que preguntar a un periodista cuántos había hecho). El gol restante fue de Cristian Traverso.

Pero el partido para ya ir asegurando la clasificación debía ganarse del otro lado de la Cordillera. Núñez -sí con ese apellido- nos volvía a meter un gol. Pero no importaba si estaban Barijho, Bermúdez y sus goles. Esa noche Boca ganaba 3 a 1, yo estaba en una reunión de padres escuchando el partido en mi colegio. Estaba aprendiendo cómo era esto de ser campeón…

Los “mano a mano”

Los octavos de final comenzaron en la altura de Quito. Jugar contra El Nacional de Ecuador, fue empezar a descansar en las manos y reflejos de un Óscar Córdoba, que mantenía el cero y la tranquilidad.

También significó dejarnos llevar por los pies de nuestro 10. Quien, a los dos minutos, después de un centro de Ibarra, la paró de pecho, la mató con la zurda y sin distancia de recorrido, con la derecha la puso junto al palo. Iban sólo dos minutos para su primer gol de esa Copa. Iban sólo los primeros días de un mayo del 2000 inolvidable. Vendrían luego el sexto y último gol de Moreno en la Copa; un golazo de Barros Schelotto, pero en este caso fue Gustavo; otro gol de Arruabarrena y uno de Bermúdez. Los dos goles de ellos en el segundo tiempo fueron para terminar de decorar un resultado que en el primer tiempo era de 5 a 1.

Pero, sobre todo, ese resultado final con 5 goles a El Nacional era esperar de la mejor manera los cuartos de final donde nos tocaría enfrentar a un equipo del Nacional: River.

El partido de ida fue tremendo y nada feliz. Salvo el golazo, histórico, del que nos haría estar «felí» más de una vez. Fue 2 a 1 para ellos y nosotros nos quedamos medio con bronca. No se había jugado bien. Pero faltaba la vuelta en casa.


Y la vuelta fue darlo vuelta, empezar a pensar en dar la vuelta y tenerlo a él de vuelta. Hablo de Martín Palermo, a quien Américo Gallego había minimizado.

Luego de un primer tiempo tenso y con fallos arbitrales dudosos, llegó el segundo tiempo. El manejo de la pelota en los pies del «10», la personalidad de un grupo bárbaro; el primer gol del «Chelo» Delgado; el penal de Román y el cierre perfecto del Ave Fénix, quien había regresado para convertir su gol 73 en Boca, 101 en su historia y el eterno en nuestras vidas.

El partido con la transmisión brasilera

Fiesta y locura en La Boca. Gracias al héroe loco que llegó en muletas y acompañado del que tiró «el señor caño». Fiesta y Carnaval, para los dueños de la fiesta.

Siete días después de ese 24 de mayo eterno, un solo argentino estaba entre los cuatro mejores del continente. Los demás eran dos brasileros (Palmeiras y Corinthians) y el América de México, que cumplía con su rol de revelación de la Copa.

Sus figuras era Cuauhtémoc Blanco, Pardo y un tal Calderón, pero se sabía que eran inferior. Tanto que el 4 a 1 de la ida pareció poco. Y daba a entender que casi, casi, todo estaba liquidado. Habían ayudado los aportes goleadores del “Chipi” por dos, de ese lateral colorado que metió uno de los goles más lindos de toda la Libertadores y del pibe que cada tanto iba a peñas de su Santiago del Estero natal: Marchant.

Parecía que se acariciaba la final. Ni preocupaba el descuento amarillo a diez minutos del final.

El partido de vuelta fue totalmente distinto. Si había sido un baile la ida, esa vuelta fue un martirio. “Caldera” se encargó de amargar la noche, como sabía hacerlo en Argentina. El tema es que ahora era en el Azteca, con un griterío infernal y con un Boca que estaba grogui. Tanto que implorábamos penales, cuando el 3 a 0 parecía poco para ellos…

Pasaron dos minutos o dos vidas, ya no me acuerdo, hasta que Giménez quiso patear y se fue al córner. Pasaron 22 años o 22 eternidades, para poder volver a ganar la Copa hasta que Riquelme levantó la pelota y no sé qué fuerza hizo lo mismo con Walter Samuel. Golazo de cabeza que dio precisión y potencia. Bianchi festejaba como no creyéndolo, o pidiéndole a Dios que le atendiera el teléfono antes… Desahogo de tantísimo tiempo.

Boca finalista. El Azteca mudo. La mayoría del país empezaba a estar de fiesta, pese a que íbamos a enfrentar al último campeón de la Libertadores.

21 de junio del 2000

Debería declararse perjudicial para la salud ver un partido sólo, encerrado en una pieza y sobre todo si es una Final después de más de 20 años sin jugarla.

Debería permitírsele a un padre, no ir a trabajar para acompañar a su hijo en una jornada tan especial. Saber que el compañero de las primeras emociones no iba a ser testigo de la gesta, dolía y preocupaba. Alguien que tiene cábalas, se empieza a preocupar cuando se desordena alguna de esas pavadas. Pero que en su momento no lo son tanto.

Debería empezar a aplicarse como máxima algo que diga: «No decir pelotudeces antes de una final». Y aplíquese a los padres, que tienen que ir a trabajar a las 22 hs a una estación de Servicio. «No te pongas muy nervioso. Llamame cuando termine el partido». Eso fue lo que dijo Rubén, veinte minutos antes de que empiece en Brasil la final. Y la pena y el miedo fueron aún mayor.

Mi vieja, quien siempre tuvo la gentileza de ser inoportuna en análisis y apariciones frente a la pantalla, esa noche ni apareció. Me dejó solo. Cada tanto aparecía por la puerta, para saber si su hijo seguía vivo. Por más que sabía que estaba espiándome y rezando para que Boca ganase.

El partido fue un parto. No porque hayamos sufrido mucho, si no porque era la primera final de Copa que veía. Las ganas de ganar eran más grandes de lo que creía. Y la emoción era inmanejable.

No me acuerdo cuantos rezos le hice a Dios, que en ese momento era «amigo». Tampoco recuerdo cuánto lo puteé al anularle mal un gol a Palermo. Fantasmas de injusticia empezaron a aparecer. Sólo me tranquilizaba cuando lo enfocaban al «Virrey» que sabía que la inteligencia estaba en juego, o cuando la tenía Román, quien sabía de eso. O cuando escuchaba los comentarios de D10S, que estaba transmitiendo desde el Morumbí. Maradona decía que veía bien a Boca y yo le creía.

Es que en la cancha Córdoba; Ibarra, Bermúdez, Samuel y Arruabarrena; Battaglia, Traverso, Basualdo; Riquelme; Barros Schelotto y Palermo, sabían que iban a hacer historia. Por eso jugaron con la sabiduría, la garra y el coraje necesarios. No hicieron falta que entraran ninguno de los suplentes. Bianchi ya les había hecho entender que todos eran importantes y que todos sumaban desde cualquier lado.

Cuando llegó la hora de los penales, no sabía dónde meterme. Agarré rosarios y banderas. Me arrodillé y empecé a rezar. Me senté solo en la punta de la cama. Pensé qué estaría haciendo mi viejo, si despachando nafta o despachando algún plumífero mufa.

Entonces todo comenzó a suceder. Felipao Scolari estaba arrodillado con toda su gente como una especie de cábala, aunque después nos dimos cuenta que era porque Boca estaba ahí y tenían que ponerse así ante el nuevo campeón.

Esto es hermoso…

Empezó pateando Palmeiras. Alex lo metió, Córdoba casi la saca. Guillermo también, Marcos ni la vio.

«Asprilla… Bien Córdoba, grande Córdoba, estupendo Córdoba», ante la estirada a la derecha de Oscar. Román pateó el de mejor calidad hasta ahí según Macaya. Medio resbalándose, pero firme.

«Roque Júnior… Córdoba brillante, estupendo, por ahora le está dando la Copa a Boca» gritaba el relator. Y yo también gritaba. «Palermooooooooooo… Gol. Boca 3 -1» gritaba el relator y yo gritaba. Y él también, luego de haber errado los tres penales en la Copa América, ahora convertía para ganar otra Copa de América.

Rogerio, lo metió. Y Bermúdez iba caminando, mientras esperaba el Real Madrid. Y además todo el país: la mayoría para festejar, el resto para maldecir. «Ganó la Copa Libertadores de América Boca. Por penales aquí en el Morumbí, Boca ganador de la Copa Libertadores de América. Otra vez, Bianchi en Brasil levantará la Copa…» relataban. Y Bermúdez iba con todos nosotros festejando y la TV se iba con Maradona, que lloraba. Y todos los llantos explotaron y todas las explosiones lloraron de felicidad.

Éramos campeones después de 22 años, cuando Epifanio González pitaba el final y ese 4 a 2 en los penales históricos. Cuando su nombre era un anticipo, una epifanía de lo que vendría. Porque así Boca se presentaba ante el mundo, luego de una América que lo reconocía.

Éramos campeones en Brasil. Éramos los mejores. Éramos inolvidables.

Entonces ahí, salí corriendo llorando. Festejé con mi perra y abracé llorando a mi mamá que gritaba de alegría. Lo llamé por teléfono a mi papá. Que gritaba en medio de una playa de estación semivacía. No le estaba poniendo nafta a ningún combustible, pero sabía que Boca nos estaba poniendo combustible en nuestras vidas. Nos estaba recargando de emociones y sensaciones únicas, por el resto de nuestras existencias. Nos estaba dando un sacudón de felicidad y su marca imborrable de momentos para siempre.

Mi vieja no me quiso dejar ir a la Plaza Centenario para festejar, con el aval de mi padre. Me enojé mucho, muchísimo. Encima no estaba él, para llevarle la contra y llevarme a dar la Vuelta Olímpica. Me quedé viendo a Bianchi y los nuestros; a Riquelme hablando con Diego; a Palermo en chancletas festejando como si estuviese en su casa; a Brasil reconociendo a Boca; a América rindiéndose ante nosotros. Y sobre todo, me quedé viendo la fiesta eterna que comenzaba en cada punto del país. Mis viejos, sabían que eso iba a ser importante, para guardarme en el alma y en la mente, instantes perpetuos. Pero sobre todo, me estaban cuidando sabiendo de los nervios y el cansancio que llevaba después de tanto nervio. Sabían que antes que mi viejo me despertara con un abrazo a las seis de la mañana, cuando volvió del trabajo, yo debía irme a dormir abrazado. Abrazado con la gloria.

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