El 17, nuestro número de la suerte

Recuerdo 06/06/2019 | Por 


Hace 20 años Boca gritaba campeón por segunda vez consecutiva, desde la llegada de Bianchi. Aquel domingo 6 de junio, el sabor amargo por la goleada recibida frente a Independiente no me dejó festejar y generó la bronca de mi padre en su cumpleaños. En esta nota trataré de homenajear a mis ídolos: mi viejo y aquellos jugadores del bicampeonato.

La previa dominguera

Habían pasado cuatro días de la jornada récord, cuando ese domingo estaba todo dado para seguir festejando. Primero el cumpleaños de mi viejo, segundo un torneo que estaba al caer.

Rubén, como siempre pegado al asador, recibía saludos y los abrazos correspondientes al mediodía, para después robarse minutos de su día y dármelos a mí y a dárselos a Boca.

La siesta era necesaria, por más que fuese corta. Es que la cita, en esta fecha 17, no solamente se daba en Avellaneda vs Independiente. Tenía a los mismos de siempre, en la esquina de Bv. Sarmiento y Periodistas Argentinos, de Villa María. Amuchados, sonrientes, expectantes. Mi viejo estaba contento, porque se podía dar que en el día de su cumpleaños Boca nos regalara, y me regalara porque siempre me puso por delante de todo, un nuevo torneo. El segundo que festejaríamos como padre e hijo desde mi uso de la razón.


Todo era alegría, mientras estábamos con la oreja pegada a lo que pasaba con los eternos rivales de los equipos protagonistas. Racing visitaba a River, para ver si nos daba una mano. Todo era alegría…

Minutos infartantes

Un minuto había pasado desde las 17:17, cuando la fecha 17 comenzaba para Boca. 18 minutos habían pasado de las cinco de la tarde, para que la pelota rodara y este número se convirtiera en lo más importante, como en el torneo anterior y frente al mismo rival.

Pero Boca se supo campeón desde antes del partido. La victoria previa frente a Central, entre semana, había catapultado un torneo que desde el vamos, se inclinaba para Boca.

El equipo después de eso se relajaría y hasta el mismo José Basualdo se lo dijo a Martín Caparrós en su libro «Boquita». Palabras más, palabras menos, luego de ese partido dijeron «vamos a seguir», y cuando iban a seguir se enteraron de que River perdía con Racing y que ya eran campeones. Pero aún no terminaba el partido en el Monumental, pero para ellos, parece que sí. Desde que el partido empezó en Avellaneda y hasta que terminó en Núñez, Boca ya perdía 2 a 0 y a Palermo le habían atajado un penal.


El grito era ¡Boca Bicampeón! cuando el pitazo final daba ganador a la Academia. Entonces ahí, en pleno partido se empezó a cantar por ese campeonato que ya era una realidad, pese a los goles de Calderón y un Independiente que iba por más. Pero la alegría se instalaba en la tribuna visitante.

«Entramos ya como a una fiesta, la gente también ya sabía, y bueno, entramos en una fiesta equivocada, porque estábamos en otra cancha, no era la nuestra, encontramos a Independiente que quería, bueno, todos los equipos querían cortarnos la racha…», diría el «Pepe». Y era lo que pasaba, pese a que la gente del rojo no había llenado sus tribunas. Pese a que los que estábamos llenos de la ilusión de seguir el récord, nos íbamos vaciando…

Alegría rara

Mi viejo me insistía en que disfrutar, que ya éramos campeones. Pero al igual que el quipo estaba desconcertado. No era lo que habíamos visto todo el torneo. A Boca le habían hecho sólo 4 goles en 16 fechas y en esta, la de la consagración le harían la misma cantidad de goles. Porque López primero y Calderón después, terminarían de sellar el triunfo.

El gol de Calderón, fue un puñal. Fue una tristeza tan urgente, que no me dejó disfrutar lo realmente importante. Que era ser campeones nuevamente. Por eso el llanto, porque tenía las dudas que después escribirían los cronistas, sobre qué iba a pasar con ese Boca que recibía semejante revés. Pero le recibía siendo bicampeón.

Pero en ese momento quería que se terminara, ya era demasiado extraño ver a los nuestros así. A esos ídolos, por más que después me doliera lo que pasó con él ídolo. Y es que mi viejo, cuando el árbitró pitó el final, en vez de llevarme a la Plaza, me llevó a mi casa.

Boludo yo, enojado él, los dos ofendidos. La culpa llegó rápido, porque no había cumplido mi parte de hijo. Sobre todo dos semanas después de haber conocido a los jugadores de Boca, con todo el esfuerzo que él había hecho. No entendí que no estaba enojado, sino dolido. No quería verme llorar y hasta me lamenté haber roto ese momento.


El orgullo del plantel estaba herido. Priorizaron no recibir más goles, para poder festejar. Había costado mucho todo, para llegar a ese presente. Porque se despedía el récord, pero llegaba el título.

Entonces cuando terminó el partido, todos festejaban. Incluido un Riquelme cabizbajo que fue alentado por Bianchi para festejar. «Esto no lo vas a vivir todos los días», le dijo. Y empezó una vuelta olímpica diferente, por lo que había pasado en el partido. Pero con el calor y el color ideal e histórica por lo que había pasado durante todo el campeonato.

Esa fecha 17, el número preferido de mi viejo, éramos bicampeones. Villa María se sacaba el frío con las bombas azules y amarillas, mi vieja puso paños fríos a las sensaciones de ese domingo. Mi viejo terminaba el cumpleaños, raro. Contento por Boca, triste por mí.

Con el tiempo, entendí que esa fecha 17 nos dejaba una enseñanza. Que era el disfrutar, inclusive en los peores momentos. Pero, bajo el número de la mala suerte, disfrutar la suerte de siempre tenernos cerca.


Ni él ni yo sabíamos qué iba a pasar con Boca, mientras la tele reproducía los festejos en el Obelisco y la radio comentaba lo que pasaba en el centro de mi ciudad. Pero hay algo que me dice, que los dos nos transmitimos, que pese a estar enojados íbamos a ser incondicionales. Y que debíamos ponernos de pie, cuando el orgullo estuviese herido. Tanto con Boca, como con nosotros.

Me acuerdo que a la noche lo abracé antes de ir a dormir. Ese 6 de junio, sin saber, los dos nos hacíamos más cercanos que nunca, desde la «distancia» por la tarde. Desde el malestar generado, preparándonos el cuerpo y el alma para todo lo que vendría después.

Y después vinieron más momentos y abrazos, gracias a Boca, pero también gracias a nosotros dos. Después vinieron momentos imborrables, festejos eternos, tristezas duras, alegrías infinitas, pero siempre acompañados.

Hace 20 años éramos bicampeones con el mayor récord del fútbol argentino. El mismo día en que mi viejo cumple años. Hace 20 años los ídolos nos hacían festejar y a mí, me hacían entender que tenía al mejor de todos en mi casa. Al campeón para siempre, que siempre batió los récords en compartir, en perdurar, en recordar, en amar, en sentir, en vivir…

¡Felices 20 años, queridos jugadores y Cuerpo Técnico del Bicampeón!

¡Feliz cumple, viejo!

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