Crecer desde el pie

En esta sección les presentaremos una serie de escritos que reflejan la pasión por Boca Juniors. En esta entrega, el cumpleaños 115 del Club…

Había que nacer así. Debe haber estado escrito en alguna parte, no sé. Pero tenía que ser así. Nacer del centro mismo de un barrio. Desde el corazón, no había otra manera. En una plaza, ahí donde se entrecruzaban varias vidas, para darle vida a una idea loca. Pero además, para que naciera algo que le iba a dar un poco más de sentido a nuestras vidas.

En el barro, entre colores hechos chapas, para saber mejor cómo es la lluvia y escucharla. Para que resonara mejor todo, inclusive el grito de lucha. Ahí, pegado a las vías, para poder ver el crecimiento desde las bases. Alejados de los brillos, para que fuésemos brillantes.

Había que nacer así, no quedan dudas. Con el origen bien en alto, después un decoro que con el tiempo tendría más razón de ser. Si el idioma universal, completaba nuestro nombre era porque habíamos nacido para ser mundiales. Pero siempre, siempre, sabiendo que lo importante iba primero. Que nuestra identidad nos nombraría y que al nombrarnos, sabrían quienes éramos.

Teníamos que nacer así, en la mente de unos pibes para ser grandes. La seriedad de los juegos de niños, es lo que más se extraña cuando se crece. Pero en nuestro crecimiento no perdimos ni los sueños, ni lo profundo.

Había que nacer y crecer desde el pie, como cantara Alfredo Zitarrosa. “Crecen los mejores amores crecen desde el pie, para sus colores, las flores crecen desde el pie”. Como los conventillos, que se erigían desde la tierra boquense. Como el césped, que en ese verde guarda la esperanza de todos y todas. Y creció desde los pies, para que la gloria tuviese razón de ser.

Boca Juniors nació así, en medio de un 1905 donde la gente pudo empezar a disfrutar -por ley- del Descanso Dominical. Esa tradición que dura hasta nuestros días, que bien cansados nos deja por los nervios y el aliento, pero cómo nos descansa el alma. En el mismo año, en que se fijaron los límites para circular en auto por Buenos Aires, unos 14 kilómetros por hora por el pánico que causaban. Boca nació evadiendo ese límite, para crecer y ser amado a una velocidad envidiable.

Había que nacer así, como nacimos hace 115 años, desde la nada, desde el pie, desde el barrio para renacer las veces que hicieran falta, cuando quisieron pisotearnos en el barro. Para reinventarse siempre que hiciera falta, desde la labor del genovés, el espíritu de potrero, el cuidado maternal, la fuerza de las mujeres, la pasión desbordante como el Riachuelo.

Había que nacer así, en una Plaza. La Solís, en la manzana comprendida entre las calles Olavarría, Gaboto, Suárez y Ministro Brin. Tenían que ser cinco delirantes, como Santiago P. Sana, Juan A. Farenga, Teodoro Farenga, Esteban Baglietto, Alfredo Scarpatti, para que millones deliremos. Tenían que ser otros cuyos nombres no se recuerdan quienes fundaron el Club Atlético Boca Juniors, para que todos seamos anónimos en cada grito por Boca. En una voz que nos une y nos inmortaliza…

Boca debía nacer así. Y es ese nacimiento que hoy festejamos. Hoy, que nos estamos levantando, nuevamente, una vez más. Como estaba predestinado aquel 3 de abril…

Somos presente… Y futuro

Hace 15 años, Antonio Carrizo escribió que nosotros “seremos recuerdo, vaga nostalgia”. Pero seguirán estando el Riachuelo oscuro y los amaneceres grises, además de las noches secretas del amor. Eso es también lo que festejamos.

Porque va a seguir estando Boca, pese a las habladurías de turno. Porque nunca nos fuimos, y si volvimos fue de la Isla Demarchi o del barrio de Palermo, o de Wilde o de donde fuera que tuvimos nuestra cancha. Volvimos a La Boca, porque nunca nos fuimos ni nos iríamos. Porque allí en la cuna de la humildad y popularidad nacimos. Con otros colores, pero con la misma esencia. Y el sentido de pertenencia más grande de todos.

Lo que se forjó hace 115 años, hoy está más vivo que nunca. Porque la tuvimos jodida, quisieron que en menos de un lustro perdiéramos lo que nos costó en más de cien años. Pero no, no, jamás. A un grande lo podés malherir, pero no matar.

Y si eso pasó, fue porque supimos explicarles a los más chicos cómo es esto de ser bosteros. Cómo es que el grito de guerra, tiene ahora a grandes defensoras, como es que ahora también -y menos mal- alentamos a Las Guerreras.

Porque el amor propio es lo más fuerte que tenemos. Porque Boca siempre será ese primer amor que elegimos a pesar de las malas. Y sobre todo en ellas. Porque las buenas siempre vuelven, y más cuando el sentimiento es sincero.

Más cuando todos nos sentimos más vivos, como si no hubiese mañana. Como si aún estuviesen los que se fueron, en medio de una avalancha. Como si La Bombonera nos hablara y nos diera siempre la bienvenida. Somos los hijos pródigos que nunca se irán ni dejarán que se vaya.

Somos los defensores de una gloria que nació en pleno barrio de La Boca. Somos los habitantes de esa República, por más que muchos no vivamos en ella. Porque si las fronteras son estúpidas, lo son aún más las del alma. Y en ese sentido, todo el mundo cabe en Brandsen 805. Inclusive la bandera de un país que nos dio eternamente los colores.

Somos futuro porque somos millones que nos pasamos la posta de este fuego sagrado. Somos el rugido perpetuo, el grito de gol alocado, los que están colgados en el alambrado o en una butaca que ya lleva varios años. Somos las mujeres que se resumen en La Raulito, somos los más grandes que se traducen en el “Tano” Pascual, y la fiesta sintetizada en «Banderita» Laudonio.

Somos el primer grito en aquellos partidos de Football y somos este profesionalismo donde nuestro amor es bien amateur. Se entrega todo, sin pedir nada a cambio. Porque no solamente amar a Boca es pertenecer, si no más bien trascender. En tiempo, espacio y en sentido.

Somos el primer festejo en blanco y negro, el primer Trofeo “Reformistas” de 1906 y la estrella N° 69, reformulando nuestros años previos, festejada hace unas semanas. Siempre guiados por esas tres, más grandes que todas, desde el firmamento del mundo.

Somos las lágrimas vivas de la señora que las vio a todas. Somos la risa pícara de los primeros, que se ponen en el alambrado, en las camperas de sus padres. Somos los amigos que nos hacemos por la sangre azul y oro.

Somos los ídolos que se convirtieron en superhéroes y quienes bajaron de ese pedestal, para ayudarnos. Somos el origen, la épica, la base, la mística, la humildad y la mejor autoestima. Somos Boca, gente. Y eso lo saben hasta los contrarios, que en esas dos palabras va mucho más. Va un significado tan grande como difícil de llevar. Y nadie, jamás podrá hacerlo como nosotros. Ya nos quisieron imitar, pero jamás podrán igualarnos.

Somos las generaciones que vieron como el Boca Juniors empezaba a ser Boca, sin más. Y quienes a Boca le empezaron a decir Boquita. Como algo cotidiano, como algo del día a día. Como una pata más en esta mesa que es la vida, en donde si no está, se tambalea un poco.

Somos quienes se fueron y quienes vendrán. Pero hoy, en este 115° aniversario, somos quienes colgamos las banderas y las camisetas en los balcones y ventanas. Porque extrañamos volver a la cancha más que a nada. Porque el encierro no va con un Club que nació al aire libre, en una Plaza. Porque sentimos que nos falta algo tan importante como abrazar a tus familiares. Nos falta esa libertad que tuvieron esos cinco pibes en 1905. Nos falta esa dosis de existencia, que nos da Boca cada vez que lo vemos.

Pero igual vamos a festejar. Porque vamos a estar siempre, encerrados o no. Gritando los goles más heroicos, más emocionantes. Vamos a estar pelando por volver a estos, por más que cada instante festejemos el orgullo de ser bosteros y bosteras. Vamos a querer escribir más páginas doradas en esta historia Xeneize. Hoy vamos a festejar porque somos de Boca. Y eso solo ya merece toda la alegría de por vida. Porque festejamos ser este Club, esta identidad, esta manera de vivir la vida. Desde el comienzo. Y para siempre.

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